Ressenya del concert publicada a Riff Fanzine:
“Demasiado poco público había en el Razzmatazz 3 para ver uno de los shows más explosivos que se pueden ver hoy en día encima de un escenario, el de Those Legendary Shack Shakers, estupenda banda de difícil clasificación capaz de mezclar punk, rockabilly, blues, country o hillbilly con… ¡polca! Esta curiosa formación de Nashville cuenta con una pequeña legión de fans entre los que se encuentran gente del calibre de Hank Williams III, Jello Biafra e incluso el mismísimo Robert Plant. Liderados por el cantante y harmonicista, el coronel J.D. Wilkes, se podría decir que los Shack Shakers son el equivalente punk a 16 Horsepower.
Esta era la segunda vez que los Legendary Shack Shakers tocaban en el Razzmatazz 3, que a pesar de ser una sala pequeña, no llegó a llenarse de público, probablemente por el hecho que no hacía mucho de la anterior ocasión y que no presentaban ningún álbum nuevo. Era de esperar un concierto similar al que ofrecieron la primera vez que vinieron a presentar Pandelirium, su mejor obra para mí en dura lucha el anterior disco, Cockadoodledon’t. Y exactamente eso fue lo que presenciamos: un show muy parecido al anterior aunque con un setlist menos centrado en Pandelirium y con el que repasaron temas de sus cuatro álbumes. Por esta razón me sorprende que no hubiera, aparentemente, más gente que en la primera ocasión. Uno esperaba que la voz se hubiera corrido y la afluencia de público hubiera sido mayor.
Flanqueado por el guitarrista, Joe Buck, y por el contrabajista, Mark “The Duke” Robertson, la estrella absoluta del grupo es el Coronel. Este pelirrojo bajito y enclenque se convierte en una peligrosa apisonadora encima del escenario. Sus movimientos y convulsiones tanto pueden recordar a Iggy Pop, a Steve Urkel bailando, o a un predicador fundamentalista de la América profunda si interacciona con las primeras filas. Eso cuando no se dedica a perpetrar movimientos soeces, claro. Ni un momento puede parar quieto Wilkes.
Entre su arsenal de armas arrojadizas se encuentran escupitajos, mocos, pelos del pecho, confeti, toallas usadas e incluso él mismo aunque sólo haya tres o cuatro tipos para cogerle (en cuanto a los escupitajos y mocos hay que agradecerle que los atrape con la mano al vuelo en la mayoría de ocasiones). Ni siquiera el mobiliario de la sala está a salvo del coronel. A los pocos temas un pie de micro ya había fenecido en sus manos y antes que acabara el concierto un foco siguió el mismo camino.
La consecuencia obvia a tanta hiperactividad es que el show no dura más de una hora y cuarto, dos bises incluídos, pero eso no quita que éste sea de lo más satisfactorio y altamente recomendable. Esperemos que en la próxima ocasión traigan nuevo disco bajo el brazo y el público responda mejor.”
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